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UN SER VOLADOR

 

El príncipe obedeció. La recompensa consistió en que murió Tutmoses III y subió al trono su hijo Tutmoses IV. Y como este faraón era un hombre agradecido, rindió homenaje a la Esfinge esculpiendo su nombre en la piedra, para que a partir de entonces se relacionase a ambos. Y bien que los relacionaron. Porque, por culpa del sello, se tuvo la certeza largo tiempo que había sido Tutmoses IV el constructor de la Esfinge y que el rostro del extraño ser era el del faraón. Hasta que se cayó en la cuenta de que, habiendo vivido Tutmoses en el siglo XV antes de Cristo, no podía ser contemporáneo de la Esfinge, que era muy anterior.


Otra creencia que se vino por tierra fue la que tenía que ver con el sexo de la Esfinge. ¿Era de hombre o de mujer? No se pudo precisar tal cosa, en razón del mal estado de la cabeza, destrozada por culpa del viento del desierto, cargado de arena afilada como lija. Y también por culpa de los hombres. La historia nos informa que a comienzos del siglo pasado unos soldados turcos, los llamados mamelucos, se divirtieron utilizando la Esfinge como blanco para el tiro de cañón. Tan certera fue su puntería que su jefe, Mehemet Alí, los mandó degollar a todos en el momento de enterarse de la proeza.Los Griegos Se Apropiaron De La Esfinge De Egipto.


Antes de proseguir con nuestro relato tendremos que detenernos un instante en un personaje egipcio, siquiera de pasada, porque más adelante lo contemplaremos con más calma. Y lo relacionaremos con una curiosa teoría ideada por un ruso de profesión médico que vivía en Nueva York desde 1939. Immanuel Velikovsky publicó en 1952 un libro titulado Mundos en colisión, que le dio fama casi inmediata al mismo tiempo que le enajenaba el odio eterno de los sabios aferrados a la tradición, que hasta en Estados Unidos abundan. En su obra tan discutida atribuía al choque de un planeta errante -que pudo ser Venus, según él- contra la Tierra la serie de cataclismos que devastaron al mundo hace diez o doce mil años. Siguieron a este libro dos igualmente interesantes: uno era Mundos en caos. El otro se titulaba Edipo y Akhenaton y se refería al mito de la esfinge, que tenía mucho que ver con este soberano egipcio.


Akhenaton fue un soberano con madera de reformador religioso. Era un ser extraño que intentó implantar una religión de un solo dios para desplazar al politeísmo ancestral de los egipcios. Al parecer sentía por su padre Amenofis III un odio que tenía mucho de celos, y por su madre la reina Tyi un amor enfermizo, una pasión que los psiquiatras llaman complejo de Edipo cuando están de buenas. Los griegos quedaron fascinados al conocer las peculiaridades de esta familia real, donde el padre se acostaba con su hija, el hermano con la hermana y los abuelos con las nietas.
Fue por culpa de Akhenaton que nació la leyenda de tan brutales cruces consanguíneos, que daría forma a una de las tragedias más impresionantes de la literatura universal: la de Edipo, quien tomó por esposa a su propia madre, Yocasta.
Ignoramos si la esfinge egipcia tuvo algo que ver con el asunto del hijo enamorado de su madre. Muy posiblemente no, porque media un abismo de varios miles de años entre ambos, pero a los griegos les pareció muy oportuno apropiarse de ella para convertirla en monstruo mitológico con cabeza de mujer y cuerpo de león que colocaron a las puertas de la ciudad de Tebas, en la Beocia recuérdese que había Tebas en Egipto y la había también en Grecia -para hacerle la vida imposible a los visitantes, fuesen maleantes o pacíficos ciudadanos.


Los detenía el extraño animal y les hacía una pregunta que se nos antoja tonta, siempre la misma, que nadie sabía contestar y que era el reflejo mitológico de las preguntas realizadas por los sacerdotes egipcios a los jóvenes más inteligentes que deseaban iniciarse en los milenarios secretos: cuál es el ser que camina con cuatro patas por la mañana, con dos al mediodía y utiliza tres al llegar la tarde. Nadie sabía contestar a esta sencilla pregunta y por ello eran devorados por la bestia. Pero no sucedió lo mismo al arribar Edipo a Tebas.


Acertó la respuesta: el hombre camina a cuatro patas en la niñez, utiliza dos piernas en la edad adulta y debe echar mano de un bastón al aproximarse a la vejez. Le fueron muy bien las cosas, hasta que le presentaron a su madre la reina Yocasta, a quien no veía desde su lejana infancia y se conservaba más hermosa que nunca. La tomó por esposa y cuando se enteró del crimen cometido no aceptó el abominable incesto en silencio, sino que se enfureció por su torpeza y su falta de memoria y se arrancó los ojos de desesperación. Al parecer, tardó largo tiempo en conocer la verdad. Gracias a ello, su hija -que era también su hermana- había tenido tiempo de crecer y le sirvió a partir de entonces de lazarillo. Pero regresemos a nuestra esfinge de Egipto, que es la buena, y veremos en ella más detalles interesantes. Observaremos que carece de senos como otras esfinges de menor tamaño. Nadie puede afirmar que los tuviese alguna vez. Su rostro es irreconocible. Lo único que puede afirmarse es que es chato, de cuello regordete y anchos pómulos y que tiene en la parte posterior de la cabeza un tocado faraónico. Tampoco puede decirse si el cuerpo es de leona y si tuvo alguna vez alas en el lomo, como otras figuras semejantes, que abundan en templos de todo el país.


Hay muchas probabilidades de que la Esfinge fuese alguna vez un animal con alas, pero antes de llegar a una conclusión será preciso conocer algunos aspectos esotéricos que tal vez ayudarán a resolver en parte las dudas que puedan acometer al lector.

 

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